El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay —Sé lo mismo que tú —respondió el maestro—; pero yo creo que debemos aprovecharnos de esta confusión para tornar las de Villadiego.
—¿Y vamos a dejar aquà al señor Calderón? —Tienes razón, hijo mÃo. ¡Ah! ¡Si pudiese saber adonde ha ido a parar aquel bendito hombre! Siempre dije yo que aquel cangrejo nos servirÃa más de estorbo que de provecho.
—Busquémosle, y si no le encontramos, pondremos en juego las piernas.
—Las de los caballos, querrás decir, porque con las nuestras no podrÃamos ir muy lelos.
No viendo a nadie cerca de su tienda, salieron al medio del campamento, procurando no dejarse ver, pero no habÃan andado veinte pasos cuando vieron a los patagones volver a sus tiendas. ParecÃan presa de viva excitación y daban gritos de rabia.
—Demasiado tarde —dijo Cardoso parándose.
—¡Truenos y relámpagos! —exclamo el maestro rechinando los dientes y dándose un puñetazo en la cabeza.
—¿Habrán rechazado a los enemigos?
—Pero ¿qué enemigos? Debe haber sido una falsa alarma, porque veo que regresan todos.
—Pero parecen enfurecidos.
—¡Que revienten!