El tesoro del Presidente del Paraguay

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Aquí y allá, en medio de los cardos brillaban vagamente, como si fuesen chispitas caídas del cielo, los lusioles, grandes orugas que despiden de noche una luz vivísima, y se sentía huir a las chaunas, grandes aves gallináceas con las alas aunadas de fuertes espolones, los dedos larguísimos y una voz áspera y fuerte, coma la de los pavos.

Los dos cazadores, atravesada la pradera, se internaron en el bosque formado por una intrincada aglomeración de voy gas, de algarrobos, de gueguedes y de lurnos, entre las cuales, de cuando en cuando, se elevaba, dominándolos a todos, algún soberbio ombú. El maestro se paró un momento a escuchar, y después pasando la carabina de la mano siniestra a la diestra, dijo:

—Dirijámonos hacia el río, Cardoso, porque a los juagares les gusta la proximidad del agua.

—¿Y los encontraremos nosotros?

—Esos carnívoros abundan en la pampa patagónica. Ojos abiertos, y mano al gatillo, porque te advierto que la caza que buscamos es, a veces, muy feroz.

—No tengo miedo, marinero. ¡Avante!


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