El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay Separando con precaución el ramaje de los arbustos que obstruÃan el paso, con el oÃdo atento para recoger el más pequeño rumor, los dos marineros se internaron intrépidamente entre la maleza, ojeando con atención a derecha e izquierda para no ser sorprendidos por el felino que buscaban y que podÃa de un momento a otro aparecer y arrojarse sobre ellos.
Avanzando con lentitud a causa de los muchos obstáculos, al despuntar el sol, llegaban a la margen del rÃo Negro, sin haber encontrado el rastro del feroz carnÃvoro. Cardoso, que tenÃa sed, descendió hasta la orilla para beber un sorbo de agua, pero se detuvo ante un espectáculo que le hizo temblar.
La corriente que en aquel punto era tranquila, a causa de la curva que el rÃo describÃa, hasta donde alcanzaba la vista, estaba cubierta de bancos de peces de piel azulada punteada de rojo y que parecÃan todos muertos. En el acto los reconoció y a pesar de que ahora no constituyesen ningún peligro, palideció.
—¡Los mondongueras! —exclamó.
—¡Por mil demonios! —exclamó a su vez el maestro, que también habÃa descendido—. ¡Mira qué estrago!
—¿Están muertos?
—Ya lo ves —respondió el maestro.
—¿Y quién los habrá matado?