El tesoro del Presidente del Paraguay

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Diego y Cardoso se apresuraron a interrogarles, pero no consiguieron saber nada. Los patagones no habían podido llegar a distinguir al fugitivo, que les llevaba mucha delantera, desde el principio de la persecución.

—No importa —dijo el maestro—. Es él; es nuestro gaucho, me lo dice el corazón.

Hauka, a quien interesaba no debilitar la retaguardia, mandó atrás a los hombres de la persecución y prosiguió su carrera hacia el Norte, impaciente sin duda por alcanzar el río Colorado y entrar en el territorio de los pampas para sumar nuevos aliados y acaso para procurarse noticias más precisas de la guerra que se desarrollaba en las fronteras argentinas.

A las seis de la tarde, después de una marcha de más de sesenta kilómetros, la vanguardia acampaba junto a la orilla de un gran lago salado, que parecía desierto, rodeado de bosquecillos, dentro de los cuales se veían galopar caballos y toros en gran número, acaso fugitivos de las grandes estancias argentinas.

Encendieron grandes hogueras para mantener alejadas a las fieras que pudieran haber en las cercanías, amarraron los caballos en círculo a estacas clavadas fuertemente en tierra y so preparó la cena compuesta de carne asada y unas pocas raíces que, bien o mal, suplían al pan.


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