El tesoro del Presidente del Paraguay

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Miró a todos lados y vio a los centinelas dormitando junto a las hogueras apoyados en sus lanzas, con los caballos tumbados a sus pies. Parecía que ninguno de los patagones se había dado cuenta de aquel extraño estrépito que iba avanzando cada vez más.

Más inquieto todavía se volvió hacia el muchacho que roncaba tranquilamente y le despertó con una brusca sacudida.

—¿Qué hay, marinero? —preguntó Cardoso frotándose los ojos y sentándose en la yacija.

—¿No oyes nada?

—Sí, ¡maldición!…, una especie de galope de muchos animales, mezclados con…

—Con mugidos, querrás decir.

—Sí, marinero. ¿Qué será?

—No te lo sabría decir; pero he notado que el ruido se acerca más cada vez.

—¿No será la retaguardia que se acerca?

—¿Tan tarde?

—Habrá sido atacada.

El maestro movió la cabeza, como si creyera poco verosímil tal suposición.

—¿Y los patagones? —preguntó Cardoso, después de escuchar nuevamente—. ¿No han notado nada?

—No, por lo que parece… ¡Toma!… ¡Mira!…

—¡Luces! —exclamó el muchacho saltando en pie.


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