El tesoro del Presidente del Paraguay

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Un solo hombre velaba, apoyado en un fusil, y a pocos pasos de unía hoguera, que debía preservarle de los repentinos ataques de los jaguares, y de los dientes de los aguaras, animales cobardes si son pocos, pero audaces si se reúnen muchos.

Absoluto silencio reinaba en el campamento, signo evidente de que los hombres dormían profundamente bajo los toldos de los carros.

Hauka colocó frente al centinela a Diego, a Cardoso y al señor Calderón que poseían armas de fuego, haciéndoles ocultarse en medio de un espeso matorral de cactus; después mandó a sus hombres montar a caballo y extenderse a diestra y siniestra, de manera que cortasen la retirada hacia el Sur, el Este y el Oeste.

Cuando vio a los guerreros en posición, con algunos de los suyos más valientes y más hábiles avanzó hacia el campamento, llevando en la mano izquierda la lanza y en la derecha la terrible bola perdida.

El centinela, que dormitaba apoyado en su fusil, al oír acercarse los caballos, despertó sobresaltado y gritó, apuntando con el fusil:

—¿Quién vive?

—Amigos —respondió Hauka.

—¿Quiénes sois?

—Unos pobres indios que vamos al Norte.

—Que ninguno avance.


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