El tesoro del Presidente del Paraguay

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Cardoso y el maestro, después de un pequeño reconocimiento hacia el Sur para asegurarse de que por entonces ningún peligro amenazaba la estancia, y otro hacia el Este a donde galopaba el gaucho en busca de caballos que no se divisaban en ninguna dirección, se dirigieron hacia irnos bosquecillos en medio de los cuales descollaba un gigantesco bambú de soberbio follaje.

—Allí nos emboscaremos —dijo el maestro—, y haremos fuego sobre las piezas que se pongan a tiro de nuestras carabinas.

—Buena idea, marinero —dijo Cardoso—, porque si he de decirte la verdad, tengo los pies hinchados y los miembros quebrantados por la desenfrenada carrera.

—Ya nos queda poco, pobre niño. Si todo marcha bien, dentro de ocho días podremos descansar en una cómoda posada.

—Así lo espero, maestro: ¡Eh! ¿Qué veo allí?

—¿Cómo? —exclamó el maestro deteniéndose—. Parece un toro que está echando un sueño.

—O una carroña.

—Pronto lo sabremos, Cardoso.

A doscientos o trescientos pasos de ellos, hundido entre la hierba se entreveía un bulto blanquecino que parecía un toro grande. Aunque alrededor revoloteaba gran número de grandes cuervos, llamados por los indígenas carranchos, no se movía.


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