El tesoro del Presidente del Paraguay

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Cardoso, un poco tranquilizado por aquellas palabras, encendió fuego y, arrojó a las brasas los armadillos, mientras su compañero desollaba con bastante habilidad las piezas cobradas, cuya carne, bien seca y ahumada, había de constituir la reserva para el camino. El señor Calderón, como de costumbre, se mantuvo aparte, encerrado en su silencio.

Cenaron en pocos minutos, bebiendo agua estancada de una poza que había en el interior del recinto; después, el agente del gobierno y Cardoso se acostaron en la cabaña esperando su turno de guardia. El maestro, más resistente que todos y más habituado a la fatiga, se acondicionó en el exterior, después de apagar la hoguera para que no sirviera de faro a los patagones en el caso de que éstos recorriesen la pradera.

La noche prometía ser bastante mala. Densos nubarrones galopaban por el cielo, impelidos por furioso viento del Sur, verdadero pampero, como dicen los argentinos. La gran pradera, poco antes silenciosa, se estremecía hasta los últimos confines del horizonte; se doblaban los grandes cardos, se partían, los cactus, se retorcían crujiendo siniestramente las desmesuradas ramas de los ombús y bajo 3a hierba y entre los matorrales so oía aullar lúgubremente los lobos rojos, espantados por la aproximación de la tempestad.


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