El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay —¿No ha regresado Ramón?
—No le he visto.
—¿Le habrán matado?
—No lo creo, porque los patagones vienen, del Sur y Ramón se dirigió al Este, al lago, Urré.
—Vamos a ver a esos horribles paganos, marinero.
Cardos o, que no parecía muy inquieto por la presencia del enemigo, el maestro y Calderón, que no había perdido un ápice de su acostumbrada calma, abandonaron la cabaña y se dirigieron al portalón del recinto.
La llanura estaba oscurísima, pero los relámpagos no debían tardar en iluminarla. Pocos minutos después, a la luz de un relámpago, los tres hombres descubrieron a cosa de dos kilómetros de la estancia un numeroso tropel de jinetes armados de largas lanzas.
—¡Un millón de diablos! —exclamó el maestro, dando furioso puñetazo sobre su gorra—. ¡Es la tribu entera que llega!
—Estamos en un verdadero apuro, marinero —dijo Cardoso—. ¡Aquel bandido de Hauka ha sido más astuto de lo que creíamos!
—Afortunadamente somos buenos tiradores y no nos faltan municiones.
—Pero no bastarán para todos.
—¡Mira, Diego! Vienen en esta dirección.