El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay —Pero les haremos un desagradable recibimiento, hijo mÃo, te lo aseguro. El primero que se ponga al alcance de mi fusil es hombre muerto.
—Bien dicho, marinero; hay que resistir basta el regreso de Ramón.
—Es de suponer que vuelva con buenos caballos.
—Bien; ahora organicemos la defensa.
—Estoy dispuesto, Cardoso. Comenzaremos por obstruir la entrada del recinto para no dejarnos romper la cabeza con las bolas.
—¿Y con qué? No tenemos nada, a menos que tú te arriesgues a cortar algún árbol.
—Tenemos el caballo; eso será suficiente para cubrirnos.
El bravo marinero, viendo que los patagones avanzaban al trote, sin cuidarse de los relámpagos, de los truenos, ni del pampero, que continuaba soplando con extremada violencia, hizo levantarse al caballo que dormitaba en un ángulo de la estancia, lo condujo a la entrada y de una cuchillada lo hizo caer al suelo, cadáver.
—Pronto —dijo después, armando la carabina—, colocaos detrás de este fallecido y en cuanto los patagones estén a tiro, abrid el fuego. Señor Calderón, espero que no escatimará usted a sus adoradores.
—No me interesan —respondió el agente con una sonrisa despectiva.