El tesoro del Presidente del Paraguay

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—Está bien. Estad preparados a hacer fuego en cuanto yo dé la señal.

—Pero le advierto a usted que mis pistolas tienen muy poco alcance.

—Ya lo sé, señor Calderón. Ya se servirá usted de ellas cuando lo crea oportuno.

Los patagones habían acortado su carrera y se acercaban con precaución, resguardándose detrás de las matas de cardos que los ocultaban en gran parte. Sin duda sospechaban la presencia de los fugitivos y sabiendo que eran buenos tiradores y estaban bien armados, no querían exponerse mucho.

Llegados a unos seiscientos metros se pararon empinándose sobre los estribos para abarcar más horizonte y poder mirar en el interior del corral. Diego, que no les perdía de vista ni un sólo instante, juzgó oportuno dar señales de vida.

Se levantó sobre las rodillas, apoyó la carabina en el cuerpo del caballo y en cuanto un Relámpago alumbró la llanura, apuntó al jinete más cercano. Un grito de rabia y un precipitado galope siguieron a la detonación.

—Alguno ha caído —dijo, levantándose.

—Sí, sí —confirmó Cardoso—; veo un caballo que se escapa sin jinete.

—Ya tenemos uno menos.

—¡Silencio!…


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