El tesoro del Presidente del Paraguay

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—Ahora estaremos un poco más tranquilos —dijo el maestro.

—¡Hola, hola! La hierba se mueve delante de nosotros, allí abajo, a unos trescientos pasos.

—Y también más cerca, marinero. ¿No ves cómo se abre aquel grupo de cactus? El viento solamente los encorvaría.

En aquel momento, dominando los silbidos furiosos del pampero y el retumbar del trueno, se oyeron algunas notas, al parecer producidas por una flauta. ¿Era la señal de ataque o alguna nueva añagaza?

Cardoso y el maestro se pusieron en pie para observar mejor las altas hierbas que se veían agitarse en varios sitios.

—Abre bien los ojos, Cardoso —dijo el maestro.

—Soy todo ojos, Diego.

En aquel momento entre las tinieblas se oyó un silbido, y una bola lanzada por un robusto brazo chocó violentamente contra la empalizada, partiendo una estaca.

El maestro, que al fulgor de los relámpagos había seguido el vuelo del proyectil, apuntó rápidamente con su carabina e hizo fuego. Ningún grito respondió a la fragorosa detonación.

—¡Cuernos de Belcebú! —exclamó con rabia—. He ahí una bala perdida que acaso deploremos.

—¡Atención, marinero! —dijo Cardoso.

—¿Vienen?


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