El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay Pero su alegrÃa fue de breve duración. Los otros grupos, que no habÃan probado los efectos del fuego, avanzaban intrépidamente, lanzando las bolas, que si bien no herÃan a los defensores de la estancia, desvencijaban poco a poco la poco sólida estacada. Eran más de cien los salvajes armados todos con lanzas y decididos a todo, a lo que parecÃa.
—No hay que perder tiro, Cardoso —dijo el maestro.
—Tengo el pulso firme —respondió el muchacho.
—Tira sobre los más cercanos.
—Bien, marinero.
—Y si ves a Hauka, no le perdones.
—Será el primero que caerá, si se presenta.
—¿Ves a Calderón?
—Está en su puesto.
—¡Señor Calderón, necesitamos que venga usted en nuestra ayuda!
El agente del gobierno, que habÃa comprendido lo crÃtico y desesperado de la situación de sus compañeros, en lugar de responder dejó su puesto y se acercó a la entrada del recinto.
—Voy con ustedes —dijo con su calma acostumbrada.
—¿No se oye ningún galope hacia el Norte?
—Ninguno.
—¡Oh, si Ramón pudiese oÃr nuestro tiroteo!