El tesoro del Presidente del Paraguay

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—Estará bastante lejos.

—Confiemos en Dios. Cada uno a su puesto y estemos dispuestos a todo, hasta a huir si no podemos resistir.

—¡Ahí están! —dijo Cardoso.

Los patagones estaban a cincuenta pasos apenas. Se agruparon estrechamente, acaso para envalentonarse mutuamente o acaso para estar más dispuestos a irrumpir en el recinto por la estrecha puerta y después se lanzaron al asalto con furia increíble.

Se oyeron cuatro disparos casi unidos y tres hombres cayeron entre las altas hierbas sin duda tocados por las balas de los asediados. Sus compañeros, sin asustarse por aquel recibimiento mortífero, continuaron la carrera, animándose con espantosas vociferaciones y se lanzaron al asalto furiosamente.

Diego, Cardoso y Calderón, no obstante verse ya perdidos, no se desanimaron. Apiñados en la puerta del corral, que no permitía el paso a más de dos hombres de frente, y que estaba medio obstruida por el cadáver del caballo, hicieron, intrépidamente, frente, al ataque.

Descargando una última vez las armas, que hicieron otras cuatro bajas, empuñaron las carabinas por el cañón, repartiendo golpes desesperados a todos lados, mientras el agente del gobierno, que conservaba también en aquella terrible contingencia una admirable calma, cargaba y descargaba sin cesar sus dos pistolas.


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