El tesoro del Presidente del Paraguay

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CAPÍTULO XXVIII

EL INCENDIO DE LA PRADERA

Al oír aquella voz bien conocida por los tres, y la estruendosa detonación que no podía atribuirse más que a un trabuco, Diego, Cardoso y hasta el flemático agente se habían precipitado fuera de la cabaña para apoyar la ofensiva del gaucho, pero no hubo lugar a ello; los patagones, vacilantes por las pérdidas sufridas y la vigorosa resistencia de los sitiados, asustados por la muerte de su jefe, en el cual confiaban mucho, y por la llegada inesperada de este nuevo enemigo, armado con un arma de fuego tan temible, se entregaron a precipitada fuga, dispersándose por la llanura.

Ramón, cargando cuidadosamente el trabuco, se apresuró a unirse a sus compañeros que le acogieron con los brazos abiertos y aclamaciones de alegría.

—¡Ah, mi valiente amigo, creía no volverte a ver más! —dijo el maestro, estrechándole enérgicamente las manos.

—No se abandona a los amigos en el peligro —respondió el gaucho con dignidad—. Me congratulo por haber llegado en tan buena ocasión y haber despachado al gounak (jefe) de esos salteadores endemoniados, ¡Pedro está vengado!

—¿Oyó usted nuestro tiroteo?


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