El tesoro del Presidente del Paraguay

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—Ramón, le aconsejo a usted que huya antes que nosotros —dijo el maestro.

—Por mí no se preocupen ustedes —respondió el gaucho—. Los patagones llegarán siempre demasiado tarde, porque puedo prender fuego a la pradera en el momento en que me plazca.

—Como usted quiera —dijo el maestro—. Señor Calderón, ¿qué debemos hacer?

El agente del gobierno acudió y se encargó de dirigir la elevación del aeróstato; trabajo, por otra parte, que requería poca fatiga y no muchos conocimientos aerostáticos.

A los lados de la estancia se elevaban dos altísimos árboles que debían haber servido de observatorio a los puesteros para no ser sorprendidos, por los indios, que debían aparecer con frecuencia en aquella comarca tan vecina a la frontera patagónica. El agente del gobierno se sirvió de ellos muy prácticamente para colgar el aeróstato, por medio de una larga maroma, tendida de uno a otro lado de los troncos y que cruzaba la estancia en toda su anchura. Hecho esto, hizo agrandar la boca del globo, y amontonar debajo una gran cantidad de hierba seca, a la cual prendió, fuego en seguida.

El humo penetrando por la abertura que los cuatro hombres mantenían bien abierta para que la envoltura no se incendiase, comenzó a inflar el gigantesco aeróstato.


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