El tesoro del Presidente del Paraguay

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Bandadas de avestruces, manadas de caballos y de guanacos, lobos rojos, jaguares y caguarés, huían en mescolanza, gritando, relinchando, mugiendo, bramando y rugiendo, sin pensar en aquellos supremos momentos en atacarse ni devorarse.

—¡Qué espectáculo! —exclamó Cardoso—. ¡Quiera Dios que el valiente amigo pueda escapar a las llamas y a los animales feroces que huyen en su compañía!

El globo, llevado por el pampero, que en aquella zona elevada soplaba con extrema fuerza, huía con increíble celeridad por encima de la encendida pradera. En breve salió de aquella atmósfera ardiente que le circundaba y se dirigió al Noroeste, engolfándose en las vertiginosas nubes que corrían desaforadamente entre truenos horrísonos.

Los tres hombres se encontraron en un instante envueltos en espesa oscuridad que los resplandores del enorme incendio no conseguían desvanecer. Sólo de cuando en cuando, en medio de algún desgarrón abierto por el viento, que silbaba horrendamente, aparecían a sus ojos entre el humo, las llamas que cada vez se alejaban más y llegaban a sus oídos los clamores de las fieras, sacadas de sus cubiles por el elemento destructor, y las vociferaciones de los patagones, que galopaban en dirección al aeróstato.


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