El tesoro del Presidente del Paraguay

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A las tres de la mañana, o sea una hora después, el incendio había quedado atrás completamente. El globo, al que el huracán arrastraba en sus poderosas alas con una velocidad incalculable, recorría entonces una región completamente nueva, una especie de alta meseta que parecía irse elevando rápidamente.

—¿Dónde estamos? —preguntó Cardoso al maestro, que se mantenía enredado entre las mallas, pero por el lado opuesto, para equilibrar el aeróstato.

—No puedo decírtelo —respondió el viejo lobo de mar—. Pero a la luz de un relámpago he visto que el aspecto del terreno ha variado; la pradera se va cambiando en una montaña.

—¿Habremos atravesado ya todo el territorio?

—No habría que sorprenderse porque este viento es tan rápido que no lo calculo inferior a ciento cincuenta kilómetros por hora.

—¿No se ve ningún reflejo en el horizonte?

—Al Este todo está oscuro, hijo mío, pero ya caeremos en alguna parte, y pronto, Cardoso, porque me parece que el globo comienza a descender.

—Pues a mí me parece que es el terreno el que va subiendo, marinero.

—Acaso nos engañemos los dos con esta oscuridad.

—¡Marinero!

—¿Qué pasa, Cardoso?


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