El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay —¿No habrá peligro de chocar con alguna montaña?
—No creo que estemos tan cerca de los Andes.
—Pero ¿y si chocásemos?
—Entonces, buenas noches para todos.
—¿No resistirÃa el globo?
—Se aplastarla como una pera cocida.
—Me haces temblar.
—Y a mà me da calentura.
—¡Oh!…
—¡Buenas noches, hijo mÃo!
El globo, al que el viento continuaba arrastrando con velocidad, habÃa entrado de nuevo en las nubes que se amontonaban confusamente. La oscuridad se hizo completa alrededor de los aeronautas, habiendo cesado los relámpagos.
A las cuatro de la mañana la parte inferior del aeróstato sufrió un choque, que por poco hizo soltarse a los tres pasajeros.
—¡Marinero! —exclamó Cardoso, que habÃa palidecido—. Hemos tocado tierra.
—Lo sé, hijo mÃo —respondió el maestro, que tenÃa la frente emperlada de frÃo sudor.
—¿Habrá descendido el globo?
—O se habrá alzado el suelo —dijo el maestro—. Me parece haber visto un bulto oscuro que se agitaba a pocos pasos de mÃ.