El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay Peguemapú tuvo para sus amigos, caídos del cielo, las atenciones mayores que se pueda imaginar. Suculentas comidas, partidas de caza en las riscosas vertientes de los Andes, correrías por los valles, fueron organizadas en honor de los extranjeros, los cuales se aprovecharon de ellas en grande.
Al cuarto día, sintiéndose ya bien restaurados, los dos marineros y el señor Calderón, que por diversos motivos tenían deseos de llegar a la costa, se despidieron del jefe araucano, dejando como regalo un número no pequeño de nacionales, y como recuerdo el globo que ya para aquéllos era de ninguna utilidad.
Montados en robustas mulas de casco de acero y pisada segura, y guiados por un capataz que tenía que ir a la costa, atravesaron por veredas, conocidas únicamente por los sagaces araucanos, la gran cadena de los Andes y al día siguiente llegaban a los escalones inferiores haciendo breve parada en Santa Bárbara.
Allí, una vez adquiridos caballos, continuaron al Oeste, tocando en Nacimiento, y por fin llegaron a la vista de Nueva Concepción, o Penco, como en su lenguaje la llaman los araucanos.
—¡Al fin! —exclamó el maestro respirando a pleno pulmón la brisa qué llegaba de mar, que se veía brillar en el horizonte—. Ahora ya podemos decir que estamos en salvo.