El tesoro del Presidente del Paraguay

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Después, como si con aquellas palabras se hubiera agotado toda su extraordinaria energía, cayó como herido por el rayo sobre una butaca.

Cardoso, todavía atónito por el inesperado suceso, no se movió. En medio de aquel aposento, con la navaja en su crispada mano derecha, se preguntaba si se había vuelto loco o si era presa de espantosa pesadilla.

—¡Traicionados! ¡Traicionados! —exclamó por fin, estremeciéndose—. ¡Ay, Calderón, tengo que arrancarte las entrañas!

Iba a acercarse al maestro, que parecía que no iba a reponerse del tremendo golpe, cuando oyó descorrer un cerrojo y la puerta rechinar, como si fuese abierta.

—¡A mí, marinero! —exclamó—. ¡Los traidores llegan!

Al oír aquellas palabras, el maestro se puso en pie rápidamente, lanzando un grito de salvaje alegría. En la diestra apretaba la navaja, arma formidable en las manos del viejo marinero.

La puerta se había abierto y por ella entraban tres hombres, para mayor precaución, armados con revólveres de grueso calibre. Uno de ellos iba desarmado y parecía ejercer autoridad; acaso fuera el cónsul.

—¡Miserables! —tronó el maestro lanzándose contra ellos con el cuchillo alzado—. ¿Dónde estamos? ¡Hablen o los mato a los tres!


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