El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay Se encaró la segunda arma e hizo fuego: después disparó las dos pistolas.
Pasó un largo minuto de angustia para los dos marineros.
—¿Oyes algo? —preguntó el maestro a Cardoso.
—Nada.
—Sin embargo debían haber respondido.
—O puede ser que no hayan oído.
—Es imposible.
—¡Diego!
—La luz se aleja.
—Y el globo desciende —dijo con voz fúnebre el agente del gobierno.
—¡Miserable! —exclamó el maestro amenazando con el puño cerrado al punto luminoso que poco a poco desaparecía hacia el Sur—. ¡Nos abandonan!
Volvió a cargar las anuas y volvió a disparar, pero también estas detonaciones quedaron sin respuesta. Pocos minutos después, la luz, que debía ser un fanal de posición, desaparecía.
Diego arrojó las armas a la barquilla y se enjugó el sudor que bañaba su frente.
—Todo ha terminado —dijo con voz sombría.
—Tengamos esperanza, marinero —respondió Cardoso.