En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Cerca de la entrada de la laguna que debía servir de refugio al «Bangalore» había una de esas grandes barcas, provistas de dos velas latinas, que los indios llaman pinazas, firme en la extremidad de un banco de arena, inmóvil como un pontón y envuelta en una densa nube de humo. De vez en cuando resonaba un, cañonazo y la bala o la metralla dispersaban un sinnúmero de chalupas que trataban de acercarse al velero, al que la bajamar debía haber varado. Las barcas estaban cuajadas de hombres semidesnudos, de rostros negros y feroces, contraídos por la rabia, que aullaban a voz en cuello a cada disparo.
Eran a lo menos doscientos y tal vez más, mientras en la pinaza no se descubría más que un minúsculo grupo de indios que hacían un fuego incesante contra los agresores, sin dar señales de rendición.
—¿Son los candianos de los bosques? —preguntó Durga.
—Sí —contestó Amali, que les había reconocido enseguida—. Intentan tomar esa pobre pinaza para saquearla y degollar después a los marineros que la tripulan.
—¿Por qué no intenta huir?
—¿No ves que está encallada en el banco?
—¡Ah, patrón! Veo a un hombre blanco en medio de los indios. Mira, está cargando el cañón.
—Le veo.