En El Mar de las Perlas

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El durión es una fruta que crece en abundancia en los bosques de Ceilán, tan peligrosa que no puede abrirse impunemente.

Tiene la forma de nuestros melones o mejor de ciertas calabazas, porque es un poco largo y está cubierto de espinas de dos pulgadas de largo, agudas como aguijones y duras como hierro. Para abrirlo se requiere mucha paciencia y también un buen cuchillo o mejor una hoz, ya que sus espinas producen heridas peligrosas. En el interior contienen una pulpa blanca, dividida en varios cachos, que despide un insoportable olor a ajo picado, si bien tiene un sabor muy exquisito y se derrite en la boca como crema, o mejor, como un sorbete.

La primera vez es difícil acostumbrarse a un olor tan desagradable, pero enseguida aquella pulpa resulta tan deliciosa que coloca al durión entre las frutas más elogiadas de la flora cingalesa.

Amali, astutamente, no contaba con la pulpa para contener al ataque de los salvajes candianos, sino con las púas, que debían producir heridas espantosas en los pies descalzos de los agresores.

—¡Ya comprendo! —exclamó el francés—. ¡Qué astutos son estos indios!

—Ya veréis cuan pronto escarmentarán de asaltar mi barco —respondió Amali—. Cuando queráis, continuad el fuego.


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