En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Las chalupas de los candianos, detenidas un momento por el fuego de las espingardas, sólo estaban a cincuenta brazas de distancia.
Durga y sus artilleros bajaron las bocas de fuego, gritando:
—¡Atención!
Un huracán de hierro se desató sobre las barcas, rompió el círculo y sobre las aguas del canal se vieron flotar pedazos de tablas y cuerpos humanos.
Las carabinas entraron en acción a su vez. Redobló el estruendo, mezclado con aullidos de rabia y de dolor lanzados por los asaltantes, que no esperaban aquella acogida tan valerosa.
Los defensores de la nave se multiplicaban. Su valor, su habilidad en el manejo de las armas y sobre todo la presencia del rey de los pescadores de perlas y del europeo, compensaban la escasez del número.
¿Podría continuar el combate con tal intensidad? A despecho de las pérdidas que experimentaban, los candianos se volvían más feroces en sus propósitos, y anhelantes de vengar a sus compañeros, no retrocedían.
Sólo habían, cambiado de táctica, para no dejarse ametrallar por las espingardas, que tronaban siempre.