En El Mar de las Perlas

En El Mar de las Perlas

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Habían bajado de las barcas, haciéndolas adelantar y manteniéndose ocultos dentro. De vez en cuando se levantaban, para lanzar flechas y venablos, y enseguida volvían a desaparecer, sin que interrumpieran su avance ni se rompiese el orden del círculo, que seguía estrechándose. El francés dirigió una mirada a la pinaza y respiró con satisfacción. El «Bangalore» había ganado ya trescientos pasos y estaba para esconderse en otro lado del canal, porque después aparecería la laguna.

En el momento en que las espingardas volvían a tronar, resonó una explosión terrible y se vio salir de entre los árboles una nube de humo.

—La pinaza ha volado —dijo el francés.

—Y con ella los hombres que la saqueaban —exclamó Durga, con acento de triunfo.

—No bastará aún eso para amedrentar a los salvajes —añadió Amali, que veía que el peligro en vez de disminuir iba siempre en aumento.

—¡Qué testarudez! —exclamó el francés.

—¿Les habéis hecho algún agravio? —preguntó Amali entre dos disparos.

—Ninguno.

—Así, pues, ¿se han alzado contra vos tan sólo por el afán de saqueo?

—Sí.

—Pues entonces, no merecen que se les tenga ninguna consideración.


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