En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas —Me parece que la cosa es más difÃcil de lo que creÃais.
—Mi gente es escogida.
—Han caÃdo ya cuatro.
—Hay otros veintiséis, sin contar a mi segundo.
—Intentemos un esfuerzo supremo para llegar a la laguna. Tal vez no se atreverán a seguirnos hasta allÃ, porque está infestada de cocodrilos.
—Estoy pronto a ayudaros.
Los salvajes candianos, sin embargo, no pensaban en manera alguna en abandonar la presa. La voladura de la pinaza no parecÃa haberles impresionado y continuaban, y continuaban, con tenacidad increÃble, su táctica, a pesar de las enormes pérdidas que les habÃan ocasionado sus adversarios.
El canal estaba sembrado de trozos de barcas y cuerpos humanos, y sin embargo, aquellos guerreros avanzaban, aún; estrechaban al «Bangalore» por todas partes, no ofreciendo a los golpes de los defensores más que una lÃnea sin profundidad y que apenas rota se reforzaba de repente.
Cada barca, tripulada en general por diez hombres, formaba como una mitad combatiente. Si una se iba a fondo, traspasada por los balazos de las espingardas, su pérdida resultaba insignificante, habido en cuenta el número de las que seguÃan, y ocupando enseguida el puesto de la que faltaba.