En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas UNA tromba se había precipitado sobre la proa del «Bangalore», que había quedado indefensa desde que Durga había hecho retirar a popa a los combatientes para esparcir por el suelo los durión.
Eran unos cincuenta salvajes, armados de mazas, sables y puñales. No viendo a ningún indio delante de sí, se encaramaron sobre la proa, invadiendo la cubierta.
Sus gritos de guerra y de triunfo se trocaron al instante en aullidos de espanto y de dolor.
Su invasión se detuvo. De sus pies desnudos, cortados, atravesados; desgarrados por las durísimas y agudas púas de los durión, salían arroyos de sangre.
Los primeros que intentaron retirarse, empujados por los otros, caían y forcejeaban entre espantosas convulsiones. Era el momento de aprovecharse de ello.
Durga hizo volver las espingardas y los ametralló a quemarropa, mientras Amali; el francés y los otros abrían un fuego terrible sobre las chalupas más próximas, que trataban de acercarse a la popa.
En aquel preciso instante, para colmo de ventura, una ráfaga de viento hinchó las velas que hasta aquel momento habían permanecido inmóviles y empujó hacia adelante al «Bangalore», cuya proa chocaba con las barcas de los salvajes.
—¡La victoria es nuestra! —gritó el francés, en lengua india, para que le oyeran todos los defensores.