En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas La tripulación hizo un esfuerzo supremo. Combatió a culatazos y con las cimitarras, derribando a los enemigos que habían echado como raíces en los costados de la nave.
Las barcas se movían en confusión, y el «Bangalore», ya no entretenido, huía hacia la laguna, disparando siempre sus espingardas.
Los salvajes, viendo huir a su presa, desahogaban su rabia y su desengaño en furiosas imprecaciones.
El viento era ya suficiente, y el «Bangalore» no debía temer ya sus asaltos.
Su velocidad iba en aumento por instantes, dejando atrás a las barcas de los agresores, recorrió el último trecho del canal y entró en la laguna, en cuyas aguas pululaban los cocodrilos.
—¡Estamos a salvo! —dijo Amali al francés—. Si los salvajes osasen: seguirnos aquí los reptiles asaltarían, sus barcas y devorarían en pocos momentos a los hombres que las tripulan.
—¿Y nosotros? —preguntó el francés, viendo docenas y docenas de cocodrilos que nadaban alrededor de la nave y mostraban sus enormes, fauces.
—Las bordas de nuestra nave son demasiado altas para que puedan asaltarla.
—¿Nos vamos a detener aquí?