En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas —Hubiera preferido correr aventuras en esta magnÃfica isla, pero como ya habéis visto, con la explosión de mi pinaza lo he perdido todo y me veré obligado a regresar a Pondichery para proveerme.
—Aún os quedan, vuestra carabina y vuestros cinco hombres.
—Pero ¡ni una rupia!
—No os preocupéis por eso; si lo deseáis, pongo a vuestra disposición diez mil libras esterlinas.
El francés miró a Amali sorprendido.
—¿Tan rico sois que podéis dar una suma tan enorme como si se tratase de un chelÃn?
—Os he dicho que soy el rey de los pescadores de perlas.
—¡Ah, sÃ! Oà hablar en la India meridional de ese hombre extraordinario, rico como un nabab[6], valeroso como un dios de la guerra, y que, según, dicen, es un pretendiente al trono de Ceilán. ¿SerÃais vos?
—SÃ, señor.
—DeberÃa habérmelo figurado al ver la manera como os habéis defendido. DesearÃa ahora saber yo también, si me lo permitÃs, por qué serie de acontecimientos os encuentro aquÃ, en lugar de hallaros en los bancos de Manaar, ya que estamos ahora en la estación de la pesca.