En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas APENAS diez minutos después Juan Baret, más decidido que nunca a afrontar aquella peligrosa aventura en que se jugaba la vida, bajaba a la playa con su carabina al hombro y un par de pistolas en la faja roja que le ceñía la blanca cazadora de ligera franela.
Le acompañaba Durga, igualmente armado, y cargado con dos mochilas conteniendo víveres y municiones, debiendo atravesar bosques desiertos y tan espesos que hacían inevitable un extravío.
El segundo de Amali iba disfrazado de inglés, de manera que estaba; desconocido bajo aquel nuevo atavío.
Habíanle anudado los cabellos detrás de la nuca, uniéndolos con varias sartas de perlas y botones de vidrio, adorno usado por los isleños de Ceilán; después se había cubierto el pecho con anillos hechos con tiras de latón, que formaban, como una malla, y llevaba una chaquetilla de seda floreada y una túnica que le bajaba hasta los tobillos, ceñida por una ancha faja de cabos voladizos.
Iban desnudos de pies y brazos, cargados en cambio de gruesos anillos de cobre y brazaletes formados de perlas de vidrio de variados colores.
En vez de sombrero, que los cingaleses no usan, resguardábanse del sol con unos abanicos redondos, hechos de hojas entrelazadas, pintados de rojo amarillo.
