En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Dos hombres montados sobre un solo caballo de corta alzada y formas esbeltas daban vueltas alrededor del claro, entre los árboles.
Eran dos cingaleses completamente desnudos y con los miembros untados de aceite de coco para poder escurrirse más fácilmente en caso de que les cogiese la trompa de algún elefante.
El que guiaba al caballo, no llevaba ninguna arma, pero tenÃa en la mano una mecha encendida y un cohete.
El otro, que iba a la grupa, empuñaba un largo sable, de catorce pulgadas de largo, cubierto hasta más de la mitad con un cordel, de modo que podÃa cogerse con las dos manos sin herirse.
—¿Y con esa arma quieren esos dos locos atacar a los elefantes? —preguntó el francés.
—SÃ, señor y ya veréis cómo algún elefante dejará la piel.
—Lo dudo.
—No conocéis aún el valor de los cingaleses en este género de caza.
—Deseo verles manos a la obra.
—Esperad un poco señor.
Los elefantes, que tienen un olfato muy sutil, debieron haber husmeado a los dos cazadores, porque se habÃan movido, meneando las orejas y dejando oÃr sordos mugidos.
—Están inquietos —dijo Durga.