En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas »Esta creencia estaba tan arraigada en aquellos hombres, que ni uno solo se había atrevido nunca a acercarse a aquel edificio. A mediodía todavía no habíamos descubierto nada. Las cañas eran tan altas, que los elefantes desaparecían en su espesor y las cimas azotaban a los cazadores encaramados en los troncos.
»Los ojeadores avanzaban en dos filas formando un semicírculo, precedidos por los perros, animales feísimos, pero de maravillosa bravura, y: que no temen atacar a las fieras.
—Los conozco —dijo Durga.
—A aquellos perros había asociado mi amigo dos estupendos bulldogs de pura raza, de elevada talla, según él, serían capaces de coger al tigre por las orejas y tenerle firme, como si se tratase de un toro.
»Había transcurrido otra hora cuando llegó hasta mí un grito lanzado por uno de los ojeadores. Distinguí la palabra vento, de lo cual deducimos que el tigre, advertido por nuestros movimientos, debía haber escapado.
»No podía hallarse muy lejos. La jungla estaba para acabar, y por lo tanto de un momento a otro debía mostrarse.