En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas »Me acordé de que estaba en peligro de dejar el pellejo en las fauces de la fiera, pero a causa de los sacudimientos desordenados de mi caballo me era imposible hacer uso del fusil.
»Mi amigo, comprendiendo el extremado peligro que corrÃa, me gritó:
»—Juan, deja enseguida el caballo; el tigre te está mirando.
»Salté de la silla. El tigre en aquel momento, tomó carrera y pasando por encima de los perros fue a caer en la propia grupa de mi caballo. HabÃa salvado el pellejo por milagro.
—¡Qué golpe! —exclamó Durga, estremeciéndose—. Yo no hubiera tenido tanta serenidad. Continuad, señor.
—El caballo, entonces, cedió bajo el peso, lanzando un relincho de dolor. Por fortuna, el tigre no querÃa habérselas con él.
»Sorprendido por no haberme encontrado, le dejó de repente, y volvió a ponerse entre los dos elefantes, como si el suelo estuviese cubierto de resortes.
»Yo me habÃa aprovechado de aquel respiro para encaramarme sobre uno de los dos paquidermos, sin abandonar la carabina.
»Hicimos fuego contra la fiera, pero tanta era su movilidad que erramos los tiros.