En El Mar de las Perlas

En El Mar de las Perlas

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—¡Oh, no! Sus heridas eran tan graves que murió al día siguiente.

—He ahí un tigre verdaderamente terrible, señor. No hubiera querido toparme con él.

El francés atizó el fuego y luego encendió un tercer cigarrillo, mientras Durga dirigía hacia la jungla miradas azoradas, creyendo ver salir a cada instante alguna fiera.

Oíanse siempre rumores en medio de los bambúes como si algunos animales se divirtiesen persiguiéndose. De vez en cuando se oían aullidos que cesaban casi de pronto. Eran chacales que acechaban a los dos viajeros en el lindero de la jungla y se asustaban al ver fuego.

Pasaba alguna sombra a corta distancia del vivaque, se detenía un momento, y luego seguía su camino a toda prisa.

Durga aseguraba siempre que era algún tigre, mientras Juan Baret sostenía que se trataba de algún jabalí, de algún ciervo o de algún gamo.

Pero la noche transcurrió, sin que se hubiese mostrado ninguna fiera cerca del fuego. Cesaron poco a poco los gritos, silbidos y rumores, y volvió a quedar todo sumido en silencio al salir el sol.

—Ahora podemos dormir un par de horas —dijo el francés—. De día las fieras no abandonan sus guaridas. ¿Sabrás encontrar el camino?


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