En El Mar de las Perlas

En El Mar de las Perlas

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—Sí, orientándome con el sol, os llevaré a Yafnapatam.

—¿Debemos estar cerca, o lejos?

—Pocas millas deben faltar.

—¿Encontraremos al capitán de guardias?

—No deja nunca la corte.

—¿Habita en el palacio del maharajá? Esto nos perjudicaría.

—Vive en casa propia, vecina a la del príncipe —respondió Durga.

—Así podremos hablar con más libertad. ¡Si pudiese convencer al maharajá de que emprendiese alguna montería y llevarle a los pantanos! ¡Qué buen blanco haría yo! Ea, buenas noches, o mejor dicho, buenos días, Durga, y a dormir.

El francés se tendió sobre su yacija de hojas y Durga, que se caía de puro sueño, no tardó mucho en imitarle.

Cuando despertaron era mediodía, y el sol dejaba caer a plomo sus rayos ardentísimos; el silencio que reinaba era profundo. En las horas más cálidas todos los animales de la jungla permanecen agazapados en sus cuevas y duermen.

Juan Baret y el segundo de Amali devoraron los restos de la cena, y enseguida reanudaron, su camino bordeando la jungla.


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