En El Mar de las Perlas

En El Mar de las Perlas

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Los criados le hicieron cruzar por un bellísimo corredor de mármol, lo introdujeron en una sala cubierta de alfombras y amueblada suntuosamente, con divanes y cortinajes de seda e inmensos jarrones indios historiados.

Un hombre, vestido con una larga camisa de seda azul, sin adornos, y llevando la cabeza ceñida con un pañuelo de raso color de rosa, estaba sentado sobre una sillita de bambú, teniendo entre las manos un rico estuche de laca en que estaban contenidos el betel y las nueces de areca. Tendría ya más de cincuenta años, ciertamente, de estatura baja, como suelen serlo en general los cingaleses, la piel de un moreno dorado, los ojos pequeños y astutos y la barba espesa y negra todavía.

Al ver entrar al francés se puso de pie, después retrocedió, haciendo un movimiento de estupor. Había visto aparecer a Durga detrás de Juan Baret.

Mandó con un gesto a los servidores que se alejaran, cerró la puerta y volviéndose hacia el francés le dijo:

—Dispensad, señor, la manera de saludaros que he tenido, pero vais seguido de un hombre que me ha turbado profundamente.

—Me lo figuraba —respondió Juan Baret, estrechando la mano que le tendía el capitán de guardias—. ¡No esperabais ciertamente a Durga!


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