En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas HabÃa cesado el fuego a causa de la distancia, pero continuaban los aullidos y las amenazas. Los soldados del maharajá lanzaban furiosos alaridos intimando a los fugitivos que volviesen atrás y entregasen al niño.
—Esperaos —respondÃa Juan Baret, el cual, dejando la carabina, se ingeniaba con su ancho sombrero en achicar la barca, recogiendo el agua que entraba en gran cantidad—. Venid a buscarlo en el «Bangalore», si os damos tiempo.
Amali, de pie en la proa, miraba hacia la isla para ver si aparecÃa la nave.
—¿Se ve? —preguntó el capitán.
—Aún no.
—¿Estará encallada? —preguntó Juan Baret.
—Es lo que estaba yo pensando —respondió Amali—. Estas islas están llenas de arena y fango.
—Mal negocio si no llegase antes de que los cingaleses consigan atravesar este canal.
—¿Tienen barcas?
—No las hemos visto.
—En tal caso, no se atreverán a desafiar las quijadas de los cocodrilos —dijo Amali.
—Pueden construir balsas.
—Esto requiere tiempo y estamos ya a dos brazas de la orilla.