En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas La chalupa, aun cuando estuviese casi llena de agua, se encontraba ya próxima a los primeros cañaverales. Durga y dos marineros, con pocos y poderosos golpes de mano, la vararon para impedir que se hundiera, y desembarcaron todos.
HabÃan tomado tierra a dos kilómetros del lugar donde habÃan tenido que detenerse los cingaleses y por lo tanto ningún peligro les amenazaba de pronto.
VeÃanse, sin embargo, unas luces que bordeaban el lago, y desaparecÃan luego entre los árboles.
—Amali —dijo Juan Baret—, os digo que están derribando árboles para construir balsas.
—Sà —murmuró el rey de los pescadores de perlas—. Nos perseguirán.
—¿Queréis esperar aquà vuestro barco?
—No lo veo aún. ¿Qué puede haberles sucedido?
—La bajamar lo habrá dejado en seco. Sé que se dejan sentir bastante en esta laguna.
—Amali —dijo el capitán—, no nos detengamos mucho aquÃ. Ya que tenemos tiempo, refugiémonos en los bosques. Más adelante ya pensaremos en alcanzar tu nave. Conozco un escondite donde podremos espera a que las gentes del maharajá se cansen de buscarnos.
—¿Está lejos? —preguntó Juan Baret.
—Se encuentra en medio de una jungla espesÃsima.
—¿Qué refugio es ese?