En El Mar de las Perlas

En El Mar de las Perlas

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—Suponed que, para huir mejor de la persecución, tuviésemos que separamos. Sabiendo dónde está el barco sería más fácil la reunión.

—Sois prudente —dijo Amali.

Habían, dejado atrás la laguna, alejándose apresuradamente, Durga y el capitán, abrían la marcha; seguían Amali, el francés y Maduri, y cerraban el pelotón los dos marineros.

La oscuridad era profunda en aquellos bosques y la marcha dificilísima a causa de los troncos, raíces y bejucos que ocupaban el terreno, pero con todo avanzaban sin detenerse un instante, espoleados por el miedo.

Temían que los cingaleses hubiesen cruzado ya el canal y les dieran caza acompañados de los perros.

De vez en cuando Amali cogía en brazos al niño, lo llevaba, a pesar de sus protestas, asegurando que no estaba cansado y que era un buen andarín.

—¿Estás contento al verte libre? —le preguntaba Amali, acariciándolo.

—¡Oh, sí, tío, y cuántos años hace suspiraba par el instante de poder huir del maharajá! Aquel hombre me daba miedo y temblaba cada vez que clavaba en mí los ojos. Siempre me parecía que quería matarme, como mató a mí padre.


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