En El Mar de las Perlas

En El Mar de las Perlas

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—¡Ah! Ya se me había olvidado que nos persiguen. Estamos en un mal paso.

—Si se trata de un rinoceronte, tenemos muchas probabilidades de que no nos ataque. Estas bestias ven poco y no tienen el olfato fino.

—Ya viene —dijo Durga.

Una masa enorme, que tenía en el hocico un largo cuerno plantado verticalmente, se había abierto paso entre la vegetación, resoplando fuertemente.

Sea que hubiese notado algo sospechoso, o que estuviese fatigado o temiese alguna sorpresa, se detuvo un momento mirando a través de las cañas y olfateando el aire, después de lo cual prosiguió su marcha, pasando a cuatro pasos de distancia apenas del grupo emboscado.

—Es un rinoceronte —dijo Amali cuando no se oyó ya el cimbrear de las cañas—. Si llega a advertir nuestra presencia nos hace trizas a todos; nuestras balas no hubieran bastado a detenerle de pronto.

—Tienen una piel extraordinariamente gruesa —dijo Juan Baret—. Un día, para matar uno, tuve que dispararle doce veces.

—Continuemos —aconsejó el capitán.

—¿No se oye ya a los cingaleses? —dijo el francés.

—Nos buscarán sin meter ruido —respondió Amali—. También a ellos les conviene que no les oigamos.

—¿Llegarán, a descubrir nuestras huellas?


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