En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Habían, cesado los ladridos desde hacía algunos instantes, pero con todo ni Amali ni el francés estaban tranquilos. Tal vez los cingaleses habían amordazado al perro para impedir que alarmara a los fugitivos, advirtiéndoles su proximidad.
Lo que impresionaba a Amali era el silencio que reinaba en la jungla, porque demostraba que debían, haberla invadido ya seres humanos.
Cuando los animales advierten la presencia de los cazadores enmudecen para no revelar su presencia y permanecen encerrados en sus madrigueras. Aun los mismos ferocísimos tigres interrumpen sus correrías, sabiendo que no van a ganar nada dejando oír sus rugidos.
Amali y el francés, sentados en medio de la escalinata con la carabina entre las rodillas, estaban siempre alertas y dirigían sus miradas en todos sentidos, sin oír ni ver nada sospechoso.
Vigilaban así hacía cerca de una hora, cuando Amali vio moverse ligeramente algunas cañas a cincuenta pasos de la pagoda.
Como la brisa nocturna había cesado, debían suponer que alguien, las había movido.
—¿Habéis notado? —preguntó al francés, que se había puesto en pie.
—Es algún ojeador.
—Nos han descubierto.
—No hay duda alguna —respondió Amali.