En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas —Mucho.
—¡Oh, qué generoso! —dijo con mofa el maharajá—. Le ha proclamado el paladÃn de las bellezas cingalesas. ¿Y Binda? ¿Quieres también la libertad de ese traidor? Sufrirá la misma suerte que te está reservada a ti. ¡Ah! ¿Conque te has atrevido a venir aquà para robarme a Maduri? Está bien, recibiréis el castigo a que os habéis hecho acreedores; asà cortaré de un solo golpe las esperanzas de tus pocos secuaces, que confiaba verte maharajá de Yafnapatam.
—Piensa primero que la vida de tu hermana corre más peligro de lo que tú crees.
—Ya te he dicho que la pondré en libertad.
—Antes de que tus hombres lleguen a la vista de mi roca y disparen un solo tiro, ya estará muerta.
El maharajá se encogió de hombros.
—Al fin y al cabo, no es más que una mujer —dijo con feroz frialdad—. La vengaré, y se acabó.
—¡Y dejarás morir la más bella niña de Ceilán! —exclamó Amali, palideciendo.
—No es la reina de Yafnapatam.
—¡Eres tan cruel como vil!
—¡Capitanes, llevad a ese miserable, a su tienda! —gritó el maharajá—. ¡Aun osa ofenderme!
—¿Podré saber a lo menos a qué muerte me has condenado?