En El Mar de las Perlas

En El Mar de las Perlas

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—Pues fue una suerte para el francés.

—Para él, sí, pero no para nosotros, porque si el barco hubiese estado en disposición de acudir no habríamos caído prisioneros.

—¿Y suponéis, mi capitán, que Juan Baret, en el momento oportuno va a dar fe de vida?

—Sí, Durga —respondió Amali—. De otra suerte no hubiese enviada a uno de nuestros hombres a espiar el campamento.

La conversación quedó interrumpida por la entrada de dos criados que traían hogazas de arroz, pescado, frutas y una botella de vino de palmera.

—Os lo envía el maharajá —dijeron, dejando los cestos en el suelo.

—¿No estarán, envenenados estos manjares? —preguntó Durga.

—No; sería una muerte demasiado rápida —dijo Amali—. Además, el maharajá gusta de los espectáculos sangrientos y no nos enviará al paraíso de Buda sin divertirse con nuestro pellejo. Podemos comer con perfecta tranquilidad.

—Se ve que nos quiere ofrecer a los cocodrilos bien cebados. ¡Es muy cruel ese príncipe!

Si bien todos, más o menos, se sintiesen algo aterrados por la suerte que les esperaba, se pusieron a comer, no queriendo aparecer débiles en el momento terrible del espantoso suplicio.


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