En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas El maharajá habÃa hecho levantar allà su tienda y sentándose delante, sobre un ligero relieve del terreno que le permitÃa dominar una vasta extensión de agua.
Amali, apenas llegado, habÃa mirado hacia la laguna, deteniendo sus ojos en el islote, que no distaba más de doscientos pasos.
—¿Ves algo? —preguntó el capitán.
—No, pero hay allà esas cañas, y son tan altas que bien podrÃan ocultar la arboladura de mi nave.
—¿Estará Juan Baret escondido ahà detrás?
—No lo sé, pero mi corazón está tranquilo.
—¿Tienes esperanzas, pues?
—SÃ, Binda.
—Pues yo creo que dentro de pocos minutos todo estará terminado. Mira lo que están haciendo los cingaleses.
—Miró Amali y vio a diez hombres que estaban uniendo con cuerdas dos gruesos de árbol que acababan de derribar.
—¿Nos atarán a esos troncos? —dijo Amali—. ¡Infames!
El maharajá, que estaba sentado plácidamente sobre su almohadón de terciopelo, fumando el narguile de agua perfumada, hizo seña a Amali de que se acercara.
—¿Qué quieres? —preguntó el rey de los pescadores de perlas, mirándole con fiero ceño.