En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Inmediatamente corrió la voz entre los sitiados. Viendo aquellos puntos negros agrandarse rápidamente habían recobrado valor y aliento, rechazando furiosamente a los cingaleses que estaban ya para sentar el pie en los primeros peldaños del islote.
También lo habían advertido los sitiadores y se habían notado una viva agitación en las galeazas.
Los capitanes discutían animadamente no sabiendo si las barcas estaban tripuladas por enemigos o por amigos enviados por el maharajá.
Los cingaleses que habían desembarcado, en la duda de hallarse entre dos fuegos, habían cesado en el ataque, mirando temeroso hacia el mar.
Entretanto, se acercaban las barcas a fuerza de remos. Oíanse los clamores guerreros de los pescadores.
—¿Cuántos eran? Muchos, sin duda; millares, porque las barcas parecían que aumentaban siempre, y cada una se veía llena de hombres.
Cuando las primeras llegaron al alcance de la voz, se levantó un grito altísimo entre las tripulaciones.
—¡Viva el rey de los pescadores de perlas!
En, seguida resonaron nutridas descargas de mosquetería, enfilando a las galeazas del maharajá y del adjunto príncipe de Manaar, mientras los hombres de Amali redoblaban el fuego de las espingardas.