En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Los cingaleses, viéndose cogidos entre dos fuegos, bajaron precipitadamente de las rocas y se arrojaron sin concierto sobre los bancos, agolpándose alrededor de las galeazas.
—¡Alto el fuego! —gritó Amali—. ¡No quiero tirar sobre mis futuros súbditos!
—¡Siempre generoso este hombre! —murmuró Juan Baret, que sentÃa aumentar su admiración hacia aquel valiente.
Las espingardas cesaron de tronar y ya no fueron precipitadas más rocas, pero los pescadores continuaban disparando como locos, entre clamores feroces y ensordecedores.
Los cingaleses se aprovecharon de aquella tregua concedida por los defensores del islote para embarcarse apresuradamente.
Alejáronse de los escollos, protegiendo su retirada con algunos espingardazos, que echaron a pique algunas barcas, y huyeron rápidamente hacia la costa cingalesa, harto contentos por no haberse dejado exterminar.
Los pescadores de perlas no se tomaron siquiera la molestia de perseguirles. Fondearon alrededor de los escollos y lanzaron tres gritos formidables:
—¡Viva el rey de los pescadores de perlas!
—¡Viva nuestro soberano!
—¡Viva!