En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Fue un intervalo muy fugaz, sin embargo, pues aquellos fragores redoblaron pronto con un estruendo ensordecedor. Aquella formidable sinfonÃa de: los rayos que parecÃa instrumentada de una manera especial por el genio de las tempestades, por espacio de otros cinco minutos vibró, tronó, rugió, desencadenándose furiosa sobre el mar y el bosque, y luego, después de aquel salvaje preludio volvió por segunda vez el silencio.
—Aprovechemos estos momentos de calma para avanzar —dijo Amali.
Atravesaron el pueblo y se habÃan escondido en medio de los bosques, precedidos por un marinero que habÃa vivido muchos años en aquellos lugares cuando Juan Baret cogió a Amali por un brazo y le dijo:
—¿Algún animal?
—No; era un hombre.
—¿Alguno de los pescadores del pueblo?
—Lo sospecho porque ninguno de los nuestros ha abandonado las filas.
—¿Dónde corrÃa?
—Delante de nosotros.
—Tal vez sea algún guerrero del fuerte —dijo Amali—. Me pesarÃa no poder sorprender la guarnición. ¿Ha huido a través del bosque?
—SÃ, Amali —respondió Juan Baret.
—Yo también le he visto —dijo Durga, que habÃa oÃdo las palabras del francés.