En El Mar de las Perlas

En El Mar de las Perlas

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—Esto se pone feo —dijo Juan Baret, que vigilaba a los artilleros de las espingardas—. Mejor hubiéramos hecho en quedarnos en el poblado; pero ya que es demasiado tarde para remediarlo, tratemos de resistir hasta que lleguen los pescadores de perlas. Este huracán no durará un mes.

Los marineros del «Bangalore» no escatimaban las municiones. Cuando veían aparecer algún grupo de cingaleses, disparaban espingardazos y tiros de carabina con tal prodigalidad que obligaron al prudente francés a refrenarlos.

—Si seguimos así, vamos a quedarnos sin municiones —dijo—. Dejemos que disparen los cingaleses; nuestro recinto es bastante para defendernos.

Durante aquella primera jornada, nada hicieron los sitiadores para adueñarse del fuerte. Probablemente habían sabido por algún fugitivo que las cabañas estaban vacías de víveres y esperaban que el hambre debilitase a la guarnición, antes de dar el asalto.

Todos estaban preocupados en el fuerte, especialmente Amali y. Baret, porque el viento huracanado soplaba aún con tal furia que derribaba los árboles.

El mar debía estar agitadísimo, haciendo imposible el desembarco los pescadores de perlas.


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