En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas —Tendréis preso a este hombre hasta mi regreso —le dijo—. Si ha mentido le haremos morir entre los más horribles tormentos.
—Juro haber dicho la verdad —dijo el ministro.
—Ya veremos.
Cuando salió, los veinte caballos, todos ellos hermosos animales de estaban, prontos. HabÃan montado dieciocho hombres armados de carabinas, cimitarras y pistolas.
Maduri, enterado de la inmediata partida del francés, acudió para seguirle.
—No —dijo Baret—. Vuestro puesto ahora está aquÃ, porque sois, el maharajá de Yafnapatam. Todos los habitantes de la capital os han proclamado señor del reino.
—Quisiera ver a mi tÃo —dijo el mozo.
—Os prometo que os lo traeré pronto. Adiós, maharajá; contad conmigo.
Le estrechó la mano y montó a caballo. El piquete atravesó las calles de la ciudad a escape, dirigiéndose a las murallas.
El pueblo, que se agolpaba por todas partes, festejando con bailes y música la caÃda del tirano y el triunfo de la insurrección, aclamaba con entusiasmo al francés, en cuanto le veÃa, gritando:
—¡Viva el hombre blanco! ¡Viva nuestro general! ¡Qué Buda le conceda larga vida!